La mirada de Juan Madrid

Por Edmundo Mantilla Suárez

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Setecientos años nos separan de la muerte de Dante y, sin embargo, no dejan de ser muy próximas sus aventuras a través de una selva oscura. Si trasladamos su travesía a otro país, quizá a Ecuador, podemos imaginarlo: buscaría la claridad entre la espesa chonta, la dura tagua, el drago sangrante. Pero quizá los ecos que de aquel poeta florentino todavía hoy perduran en las más lejanas regiones despejan para nosotros la vía. Su Comedia comienza con una historia de desorden y, de manera progresiva, el peregrino se aproxima a la luz, a la verdad. En aquella senda, quitamos la hojarasca para encontrarnos con la mirada de Juan Madrid.

Quitar todo lo que no cumpla ninguna función, quitar la hojarasca —a veces puede ser muy bella, pero hay que prescindir de ella—, hay que prescindir de esa hojarasca para ir al núcleo, a lo fundamental.

Entrevista con Juvenal Soto. (ver aquí)

¿Qué es lo fundamental en la vida y en la obra de Juan Madrid? Nació un 12 de junio de 1947, circunstancia que lo aproxima a otros escritores: Manuel Vázquez Montalbán, Andreu Martín, Francisco González Ledesma y Alicia Giménez Bartlett. Pero aquel año de su nacimiento también llevaba consigo la imagen extensa de Franco, su sombra y la censura sobre aquella voz directa y violenta que irrumpía en la maraña de palabras elusivas y dichas a medias de esos días y noches de dictadura. Como Dante, Juan Madrid entendió que debía salir de aquel enredo y caos llamado bosque, llamado vida, llamado sociedad.

Manuel Vázquez Montalbán (izquierda) y Juan Madrid, en Reims en 1981. Fuente: El País.

A los 16 años, salió de su casa y empezó a trabajar como botones en la editorial Alfaguara. Hacía recados para Camilo José Cela. Estudió en Salamanca la carrera de Historia Contemporánea. Llegó el periodismo y realizó numerosos reportajes, así como entrevistas, para revistas y periódicos. Fue redactor de la Revista Cambio 16 a partir de 1974. Aprendió mucho en la redacción. Descubrió su voz. Comenzó entonces su intención de dar voz a los sin voz, a los que la literatura suele pintar como fondo, como paisaje.  Algo de su infancia volvió: había escuchado historias en las calles de Málaga, historias de narradores de sucesos.

Me sigue fascinando la narración oral. Me fascina esa capacidad de Scheherezade, que es la que todos los escritores debemos tener, lo que nunca debe faltar, tener la capacidad de fascinar al sultán para que no te corte el cuello, y el cuello es dejarte de leer o aburrir.

Entrevista con Juvenal Soto. (ver aquí)

Juan Madrid  junta esa capacidad para contar, para ejercer, de acuerdo con la propuesta de Nabokov, su arte de fabulador, allí donde confluyen su habilidad narrativa, su mensaje —moral, político, social— y esa magia individual del estilo. Tres rostros de Juan Madrid, pero quizá más narrador y moralista que maestro y encantador. Es un ser humano «cansado de que le mientan». Por eso, se pregunta, con Sartre, por qué es la literatura y cuál es su función. Y responde: cuestionar el discurso único, elaborar con cada libro una propuesta de mirada al mundo que oponga uno o varios discursos alternativos a la palabra oficial.

Si hay alguna función es la de poner en cuestión el discurso único —lo que en aquella época se llamaba el discurso del padre—, el discurso oficial. Los discursos oficiales, los discursos del poder son camufladores, falsos por definición.

Entrevista con Juvenal Soto. (ver aquí)

Fotografía de Andrea Abril

Juan Madrid entrega su visión personal de las relaciones humanas y del mundo. Su compromiso político y aquella relación entre palabra y poder (o contrapoder) proviene de su juventud. Redactaba panfletos propagandísticos para el Partido Comunista de España. Busca en sus novelas, de igual manera, el cambio, esa realidad siempre múltiple y cambiante, ese Madrid de la etapa de transición cuyas canciones y diálogos todavía atraviesan la vida de hoy. En medio de esa música, del baile y la confusión de los cuerpos, se dibujó en su mente el detective Toni Romano, cobrador de deudas, antes policía, boxeador frustrado.

No se trata de contar un crimen o descubrir a su ejecutor. Toni Romano se envuelve en historias y desenreda en ellas un mundo de información. Quizá el crimen y sus actores no son lo que parecen. Son oportunidades para la crítica de las complejas vivencias españolas después del régimen franquista.

La de Juan Madrid pretende ser una literatura que cuenta los cambios del mundo y de la sociedad en un tiempo donde la realidad se distorsiona con crecientes esfuerzos. La red es aquella nueva selva oscura. El autor intenta penetrar en esa nueva maraña y encontrar, bajo la hojarasca, una mirada iluminada e iluminadora que permita desnudar, por medio de una ilusión, cuanto hay de virtual e ilusorio en lo que llamamos realidad.

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